Por Patricio E.M. Laxague, Francisco Durán y Sofía Gozzi de ZBV Abogados
La facultad enseña Derecho. Pero convertirse en abogado implica aprender muchas otras cosas que no siempre están en los programas de estudio.
El criterio para tomar una decisión, los tiempos de una negociación, la relación con un cliente, la capacidad de escuchar, de ceder, de trabajar con otros y de encontrar soluciones cuando no existe una respuesta evidente son parte de un aprendizaje que comienza, muchas veces, después de recibir el título.
En el Día del Abogado, tres jóvenes profesionales de ZBV Abogados comparten qué encontraron al pasar de las aulas al ejercicio cotidiano de la profesión, qué tuvieron que aprender sobre la marcha y cómo esas experiencias fueron moldeando su propia manera de ejercer la profesión.
Patricio Laxague
Hace ya cuatro años que dejé la Facultad de Derecho. En sus pasillos monumentales se respiraba un aire académico y bibliotecario. El mundo del Derecho y el ejercicio profesional se percibían como un constante argumentar, y el traje de los profesores parecía siempre curtido en mil batallas legales. Sin embargo, ni bien tuve el título en la mano, descubrí que en el día a día se imponían otras virtudes, esas que el abogado va cultivando con el tiempo: método y paciencia, cálculo financiero y sentido de la oportunidad. Las batallas encarnizadas que imaginaba fueron cediendo su lugar a una realidad mucho menos “hollywoodense”, pero, al mismo tiempo, bastante más desafiante.
No tuve que alegar tanto como creía; en cambio, tuve que aprender a conceder para ganar. Construir relaciones de largo plazo con los clientes, y también con los colegas de la contraparte, exige un esfuerzo extra: dejar de lado los propios objetivos para ponerse al servicio de los demás.
Desde la perspectiva del bien común, comprendí el rol social que le cabe al abogado: contribuir a una sociedad más ética y apegada a la verdad. En ese sentido, un buen abogado aporta seguridad a los actos jurídicos y fortalece las instituciones, ofreciendo un marco estable y confiable para el desarrollo de la sociedad.
Con el tiempo entendí que la facultad me dio los cimientos, pero que el oficio se aprende ejerciéndolo. Ninguna cátedra enseña a medir los silencios de una negociación, a sostener la calma cuando todo apremia, ni a reconocer que muchas veces el mejor acuerdo es aquel en el que nadie se va del todo victorioso. Ser abogado, descubrí, es menos una cuestión de ganar discusiones que de resolver problemas y generar confianza. Y quizás esa sea la lección más valiosa: que detrás de cada expediente hay personas, y que el Derecho, en el fondo, no es otra cosa que un modo de estar al servicio de ellas.
Francisco Durán
Al terminar el colegio secundario, decidí estudiar derecho en la Universidad Católica Argentina, sin tener demasiada claridad sobre lo que esa elección implicaba. En mi entorno familiar no hay abogados, por lo que llegué a la carrera sin referencias previas ni expectativas heredadas. El primer contacto real con el derecho tuvo lugar en la primera clase de Derecho Civil I, en 2014, y a partir de allí comenzó un proceso de descubrimiento para identificar qué área me interesaba dentro de una disciplina tan amplia.
Un punto de inflexión llegó en 2016, cuando empecé a trabajar en un estudio. Fue ahí donde tomé contacto por primera vez con la realidad del ejercicio profesional, bastante distinta de la que uno imagina desde las aulas. Tuve la oportunidad de desempeñarme en dos áreas, litigios y societario, lo que me permitió conocer de cerca dos formas de ejercer la abogacía. Desde ese momento supe que mi vocación —y lo que sigue atrayéndome hasta hoy— era el derecho societario y corporativo.
Me recibí en 2018 y, desde entonces, ejerzo en el área que me apasiona. En estos pocos años de recorrido profesional, entendí que en nuestra profesión se aprende todos los días, sin importar el trayecto ya transitado. No solo se aprende lo teórico, sino que también se desarrollan las habilidades necesarias para ejercer correctamente la profesión. Como quien encuentra en el estudio una fuente constante de satisfacción, aprendí que no existe mejor forma de seguir formándose que el ejercicio profesional cotidiano, y que no hay examen final tan exigente como presentar un informe frente a un socio o a un cliente.
Se trata, además, de una profesión que desafía constantemente y que exige mantenerse alerta y actualizado. Si bien soy un ferviente defensor de la actualización permanente a través de la formación universitaria y de distintos cursos de especialización, considero que la mejor escuela para el abogado es la práctica profesional.
Sofía Milagros Gozzi Navarro
Antes de entrar a la facultad estaba convencida de que la clave del éxito profesional era el carisma y las buenas habilidades sociales. Nadie me sacó esa idea de la cabeza en cinco años de estudio. Lo que no imaginaba era cuánto me faltaba entender sobre qué significa, de verdad, ejercer el derecho.
En la facultad uno aprende a tener el famoso "pensamiento de abogado": a descubrir que las respuestas rara vez son un "sí" o un "no", y a dimensionar lo vasto que es el sistema jurídico, ese entramado que nos rige en sociedad desde antes de nacer hasta después de morir. Aprendemos a buscar y, muchas veces, a repetir de memoria. Es una base indispensable. Pero es solo eso: una base.
Lo que no nos enseñan a quienes salimos a ejercer es a pensar el derecho como una sola cosa, integrada. En la facultad estudiamos las ramas por separado, cada una en su casillero prolijo. La realidad no respeta esos espacios. En el poco tiempo que llevo ejerciendo junto a colegas a quienes admiro, aprendí que uno nunca trabaja en una sola rama: todo el tiempo hay que integrar varias a la vez.
Lo entendí de la manera más concreta con una prescripción adquisitiva. Al contestar la demanda no me alcanzó con el derecho real: tuve que articular, en un mismo escrito, defensas de fondo y defensas procesales, pensando cómo se sostenían unas a otras. Y el expediente me llevó a lugares para los que la facultad no me había preparado. Me tocó presenciar una pericia de ingeniería en la que se tomaban fotos y medidas que yo no entendía; fue el propio perito quien, con paciencia, me fue explicando la lógica y los fundamentos de cada paso. Lo mismo me pasó en una inspección de seguridad, donde otra vez alguien ajeno a mi disciplina se convirtió, por un rato, en mi profesor. Aprendí algo que ningún manual me había dicho: entender una prueba pericial —saber si se está haciendo como corresponde— también es parte de nuestro oficio.
Esa necesidad de integrar apareció en cada frente. En audiencias de defensa al consumidor tuve que manejar la normativa de las prepagas y sus diferencias con las obras sociales, un terreno que nunca había pisado en el aula. Y en esas mismas audiencias, y en llamadas con las distintas partes de un juicio, aprendí quizás lo más elemental y lo menos jurídico de todo: que a veces basta con escuchar, y con hacer que la otra persona se sienta comprendida.
Pero integrar no es solo sumar ramas. Es elegir. En aquella misma contestación de demanda, el verdadero trabajo no fue reunir defensas, sino decidir cuáles. Con mis colegas repasamos el expediente entero preguntándonos qué línea argumental era la más fuerte y cuál la más débil, qué valía la pena plantear y qué convenía dejar afuera, dónde discutir desde el derecho de fondo y dónde desde el de forma. Eso es pensar estratégicamente, y no se aprende de memoria: se aprende caso por caso, decisión por decisión.
Ahí está, para mí, la verdadera brecha. La facultad forma un pensamiento valiosísimo para comprender el mundo y para la vida académica. Pero el pensamiento estratégico —el que exige
el ejercicio— es otra cosa, y solo se contempla en la práctica: viendo la teoría operar en un caso real, descubriendo que un conflicto se puede resolver de muchas maneras, y no siempre en un tribunal. Si tuviera que pedir algo para quienes hoy estudian, sería eso: que se les enseñe no solo qué dice el derecho, sino qué hacer con él.
Y aquí vuelvo al principio. Resulta que el carisma y las habilidades sociales sí importaban, después de todo. Pero no para lo que yo creía. No sirven para impresionar: sirven para escuchar al perito que te explica lo que no sabés, para trabajar codo a codo con colegas que te enseñan, para que un cliente se sienta cómodo y comprendido. La facultad me enseñó a pensar como abogada. La práctica me enseñó a pensar el derecho como un todo. Lo demás lo aprendí escuchando.

